Los lugos al sol.
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Un año más, como pasa con los anuncios de "El Almendro" en la Navidad, pero aquí en verano, llegadas estas fechas y muy a mi pesar, sigo siendo fiel a mi cita anual para comentar algo acerca del tema fluvial que atañe a mi querida ciudad.
En principio, me siento en la obligación de aclarar el título de la crónica que, aunque evidencia un cierto juego de palabras, no se trasluce su origen sin una previa explicación.
Resulta que, en mi etapa profesional, conocí a un individuo millonario -aclaro, no lucense- que tenía muchísimo más dinero que cultura general. En una ocasión charlando con él, me espetó el gentilicio "los lugos" para referirse a los lucenses o lugueses. No voy a ocultar que me he quedado prendado del calificativo porque es innegable que reúne mérito para incorporarse a los gentilicios de la RAE y la RAG para nominar a los que hemos nacido intramuros o pegados a ellos en la bimilenaria ciudad.
Hecha esta pequeña, pero necesaria salvedad, vamos a lo mollar del asunto, que no es otro que la penitencia estival que, año tras año, sufren los probos habitantes lucenses.
En principio, según las noticias que se pueden comprobar, unos 20.000 lucenses disfrutan de una segunda residencia, probablemente porque muy merecida la tengan; otros 15.000 son socios del Club Fluvial, club privado y al que pertenecen pagando religiosamente las cuotas que les imponen. Supongamos pues, en este burdo ejercicio de contabilización, que otros 15.000 se encuentren ingresados en centros hospitalarios, encamados, en la cárcel, o desplazados allende las fronteras provinciales por diferentes motivos profesionales o de otra índole.
Pues bien, considerando que 50.000, o sea, la otra mitad de la población lucense están "de cuerpo presente" tirados a medias entre sus casas y el asfalto, ellos merecen al menos una torpe crónica.
Como es mi costumbre, siempre me gusta hablar de lo que he vivido y conozco. y en este caso, confieso que en mi niñez y juventud me he bañado en las instalaciones del Club Fluvial y cómo no, también en la Aceña de Olga, en la finca del Porral, en "las islas" y en otros muchos espacios del cauce fluvial a su paso por Lugo, no ausentes de ciertos peligros por mor de corrientes, remolinos, algas y otros diversos.
Dicho esto, después de recordar no sin cierta añoranza aquella anarquía para elegir lugares a la hora de programar una jornada a las márgenes del río, como quiera que los tiempos, las poblaciones y las circunstancias han mudado, quiero romper una lanza en favor de los lucenses de hoy en día que demandan una zona fluvial de baño, como dios manda, en donde a las autoridades competentes se les antoje ubicar y con los requerimientos de seguridad y salubridad que la sociedad actual aconseja, promoviendo una zona que podría ser centro de referencia turística al tiempo de satisfacer a sus diarios usuarios.
Ya lo hicieron, con menos medios, los romanos hace dos mil años sin tanto bombo y platillo y con resultados que veinte siglos después, todavía están a la vista.
Por los capítulos anteriores (esto es como las series de NETFLIX), hemos podido conocer diferentes impedimentos argüidos para que esto se lleve a cabo: cuando no son cuatro mejillones medio tísicos, son tres algas con nombres raros, cuatro nefúfares o diez peces "del cagarrón", a los que hay que etiquetar como especies protegidas sin saber muy bien porqué.
En todo caso, los políticos no pierden comba a la hora de crear expectación para inaugurar (?) una pasarela que murió antes de entrar en servicio, probablemente por la vergüenza ajena que aquel engendro les produjo a sus propios creadores. He visto rampas para descargar vacas en los camiones de las ferias con mucho más glamour que los cinco metros cuadrados de cemento que le intentaron arrebatar al Padre Miño sin el más mínimo respeto hacia él, ni por supuesto, a sus hipotéticos usuarios.
Pues bien, este verano de nuevo, más de lo mismo. Los irresponsables de Medio Ambiente, Concello, Xunta, Confederación Hidrográfica, ecologistas y otros organismos y seres tan numerosos como estériles, se la pasan de unos a otros, mientras los probos lucenses sin posibles, se la montan como "los lugos al sol", es decir, en su pisito con los pinreles en un cubo de agua fría, pantalones remangados y un abanico de los chinos para ir tirando cuando la cosa sobrepasa los 30 grados.
Eso sí, a los anteriormente citados búsquenlos en sus residencias veraniegas o, simplemente, esperen a finales de agosto a que regresen a sus respectivos despachos, bronceados hasta las cejas, inconscientes de que el bronceado se va en menos de un mes, pero la ineptitud colectiva los va a acompañar hasta la sepultura, si bien cierto es, que a ningún inepto, que yo sepa, le preocupa su propia ineptitud.





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