Jaque mate a los mayores.

 



Habida cuenta de mis dos artículos anteriores, no me apetecía absolutamente nada volver sobre el tema de la insensibilidad de la banca para con sus clientes senior, pero viendo la última burrada que me ha llegado a la vista, no me puedo resistir a dedicarle unas líneas.

Que me disculpen los de mi quinta e incluso mayores, pero para aquellos que todavía no peinen canas, tengo que comentar que a mediados del pasado siglo, uno de los pilares fundamentales de la banca - sino el principal - fue la cartilla de ahorros, un instrumento en el que se recogían los ingresos y las retiradas de efectivo, más los intereses que el saldo medio de los depósitos devengaba en favor del titular, para estimular el ahorro y como fuente de recursos para el funcionamiento orgánico de las entidades a través de la inversión de los mismos. Las cuentas corrientes y las cuentas de crédito, estaban reservadas a las empresas y al incipiente comercio que echaba a andar tímidamente en el país, en vías de desarrollo a todos los niveles.







Con la evolución de la sociedad y los usos financieros, a los escasos movimientos de aquellas cartillas se fueron añadiendo la domiciliación de recibos y abono de pensiones, con no poca dificultad para que los usuarios se adaptasen a aquellas novedades, si bien, poco a poco se fue consolidando este sistema de control de sus economías domésticas.

Dando un paso más, con la irrupción (o disrupción, más bien) de las tecnologías, la banca consiguió derivar a sus clientes mayores a los cajeros automáticos, enseñándoles a introducir sus libretas por una ranura para que vieran reflejados en ellas sus movimientos y de ese modo poder controlar sus ingresos y gastos como venían haciendo desde que tenían uso de razón.

Pues bien, como quiera que el maligno no descansa, ahora a algunos desgraciados les ha dado por eliminar la totémica libreta de ahorro, para desesperación del amplio colectivo de mayores que lo único que desean es que les dejen de marear con cosas nuevas, llegando ahora a un punto de no retorno que es la privación del atávico soporte de control del ingreso de sus exiguas pensiones y sus gastos ordinarios, dejándoles al albur de sus familiares y cuidadores -si es que los tienen- para que les controlen lo poco controlable que, en su última etapa de la vida, podían todavía controlar.







Y si a este colectivo, aparte de "robarles" sus libretas, les cierran las sucursales, o no les atienden en ellas, como está ocurriendo en el día a día, ¿qué les queda? 

Al parecer, llegan algunas noticias de que Correos, por la capilaridad de su red, podría suplir esta desbandada y atender a los afectados, que no son pocos. En todo caso, a mí, que ya he visto un poco de todo, esto me trae al recuerdo aquella "Caja Postal" que te podías encontrar, precisamente, en cualquier oficina de Correos de España, para ingresar y retirar dinero y que parece que ahora quieren reinventar estos postmodernos de la banca, aunque siendo generosos se les puede llegar a justificar ya que algunos, muy significados, proceden del mundo de la distribución y confunden pensionistas y personas con repartos de pizzas y cajas de Amazon.






A esta gentuza, que carece de la más mínima empatía ni reparo alguno en pasar por encima de quien haga falta para su efímero crecimiento profesional gracias a un hipotético ahorro de costes -habitualmente, el chocolate del loro- solamente les deseo que, más antes que después, cuando consulten los saldos de sus cuentas en bitcoins, no consigan encontrarlos, bien porque haya explotado la burbuja de las criptomonedas, porque se los haya chuleado un hacker, porque se le haya caído el smartphone por la taza del váter, o porque se haya ido todo al carajo, que tampoco es descartable al paso que va la burra; así se darán cuenta de lo que supone verse privado de un soporte habitual de sus transacciones económicas con el que están familiarizados, y la desazón y ansiedad que te puede llegar a provocar su supresión de forma arbitraria sin haber pensado en sus consecuencias humanas.

Este tipo de actuaciones me trae tristemente al recuerdo otras similares, como la decisión de un irresponsable de la corporación municipal de Ourense, de cancelar la suscripción del diario La Región para sus Centros de Mayores. ¿Habrá algo más importante para un mayor que la lectura diaria del periódico de su ciudad, cuya suscripción no se puede costear con su magra pensión?  ¿Cuánto ahorro puede suponer eso para las arcas municipales? Lamentable actuación más propia de un payaso que de un servidor público.






A este paso, en este afán de cargárselo todo en pos de una hipotética y puntual rentabilidad económica, cualquier día a algún "ingeniero" del SERGAS se le va a dar por suprimir camillas y sillas de ruedas de los hospitales y veremos a mayores -y no tan mayores- a gatas y tirados por el suelo, para lucimiento ante sus superiores y mayor gloria del imbécil de turno.





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