Las gafas y el impuesto a la Banca
Tengo que decir que soy usuario de gafas sin que yo haya tenido algo que ver en ello motu proprio. Pese a eso, lo voy llevando con resignación habida cuenta de que hay males mayores y mucho más molestos que el hecho de llevar un artilugio sujeto por las orejas y la nariz para intentar ver un poco mejor.
De todos modos, he pedido revisión ocular a la Seguridad Social que nos asiste -o desasiste, según el caso- y desde hace meses y hasta la fecha, no he tenido noticias de la cita que me deberían de conceder, al menos, como contraprestación a los cuarenta y ocho largos años de cotización que rigurosa y puntualmente he cumplido con el ente.
Esperemos que no tenga que ir con el ojo en la mano a urgencias para que me devuelvan parte de la vista que me está faltando.
Y viene esto a colación de que no alcanzo a ver los grandes beneficios que los impuestos a los Bancos van a reportar a los ciudadanitos españoles (tomo la expresión ciudadanitos, de la intervención de la Sra. Gamarra en el Congreso que ha incomodado, no sé bien porqué, a las bancadas progresistas de la Cámara)
Pudiera ser que mi falta de visión me impidiera ver la magnitud y eficacia de la medida, pergeñada por el gobierno de turno, de sacudir a la Banca con una aplicación temporal y extraordinaria de impuestos sobre sus beneficios extraordinarios, que no es lo mismo que sobre sus extraordinarios beneficios. En esta ocasión, el orden de factores sí altera el producto.
¿No será todo esto un juego de palabras cocinado por los alquimistas semánticos de Moncloa, para establecer el pertinente relato a comodidad y gusto del intérprete?
Vamos a ver, yo -aunque voy muy justito en conocimientos económicos- tengo para mí que en las empresas hubo, hay y habrá, dos tipos de beneficios, a saber, los de explotación y los extraordinarios. Siguiendo este pobre pero elemental argumento. para entendimiento de los menos afines a los números, aclararé que los resultados de explotación de una societaria vienen determinados por su actividad "normal", siendo los extraordinarios aquellos que -en principio, imprevisiblemente- les sobrevienen por cualquier causa ajena a su gestión habitual y diaria.
Dicho esto, no termino de ver muy claro -tal vez por la miopía a la que aludía en mi introducción- de qué modo alguien se puede atrever, en plan prestidigitador o adivino , a estimar una cifra supuesta de impuestos sobre unos hipotéticos beneficios extraordinarios de unas empresas con sus cuentas de resultados sometidas a múltiples y refinadas ingenierías financieras y contables en aras a obtener una optimización fiscal de sus beneficios, tanto ordinarios como extraordinarios.
Dicho en román paladino, que si no se consiguiese demostrar que la banca no obtuviera, u obtuviese, beneficios extraordinarios, el gran palo a la banca anunciado a bombo y platillo como la salvación de la economía de "los más vulnerables", se va a quedar en una patética -y premeditada, no sabemos si con alevosía- proclamación sobre algo que no se va a cumplir. Un déjà vù.
En todo caso, aunque me encuentre errado en todo lo anterior, que no digo que no, cualquier impuesto que se le aplique a la Banca, indefectiblemente se lo repercutirán a los clientes de forma más o menos inmediata y sibilina y con la aquiescencia de las autoridades competentes, con lo cual, este último escorzo escénico ha quedado muy bonito y estético ante el populacho que aplaude con entusiasmo el azote a los ricos; pero al final, lo pagamos -como siempre- tú y yo, mientras el político ha quedado muy bien ante su incondicional feligresía y el rico, seguirá riéndose de los peces de colores y de este tipo de ocurrencias y relatos a los que, lamentablemente, ya nos tienen acostumbrados.






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