Los trileros y el impuesto a la Banca

 



 
Reconozco que es habitual y seña de identidad en mis blogs de diferente temática, el apelar a tiempos y cuestiones pretéritas; esto viene determinado únicamente por tener el defecto de haber nacido en los años 50, sin que se me pueda atribuir responsabilidad alguna en ello.

Viene esta torpe introducción a colación de que algunas actuaciones que se presentan ante nuestros ojos me recuerdan antiguas artimañas como en este caso, a los trileros, aquellos individuos que, por toda infraestructura empresarial, tenían una improvisada mesita portátil, tres vasos metálicos invertidos y una bolita, con la que se presentaban ante el público de ferias y mercados con disimulado afán de despistarlos y de paso estafarlos, hasta que veían asomar a la policía y ponían pies en polvorosa, eso sí, después de haber recaudado pingües beneficios fruto de sus hábiles maniobras de hacerles ver lo que no era y que la bolita no estaba en donde ellos pensaban, sino en donde ellos querían que estuviese. Fantasía pura.





Pues bien, a tenor del cacareado impuesto a la Banca y a las Eléctricas por parte del gobierno que nos gobierna, la situación me traslada, por fantasiosa e irreal, a los casi olvidados antiguos trileros.

Resulta que hoy el gobierno, con su rectificación sobre su primigenia propuesta, me otorga la razón sobre las opiniones de mi anterior artículo al respecto y reconoce la imposibilidad, que yo apuntaba, de aplicar el impuesto sobre los beneficios extraordinarios de la Banca.





Espectacular. Me ha alimentado el ego, aunque evidentemente, esta rectificación sobre semejante torpeza ya la veía venir cualquier persona con algo de inteligencia o sentido común.

Desconozco quienes son los becarios que proponen este tipo de medidas sin la más mínima reflexión y más propias de un marciano que de gentes a las que se les presupone un mínimo de seso y conocimiento de causa. En cualquier caso, me tranquilizaría que no fueran asesores pagados con mi dinero y tamañas medidas hubieran sido fruto de alucinaciones de funcionarios de nivel bajo, si bien algo habrán tenido que ver en su gestación y parto todos los responsables de estamentos superiores, que no son pocos ni mal remunerados. En fin...

Y una vez satisfecho mi humilde orgullo -valga el oxímoron- y justificación al estupor manifestado en mi anterior artículo, vayamos a la parte mollar de la cuestión y a la brillante resolución -momentánea y susceptible de variar, claro- sobre el tema del manido impuesto que va a constituir, según dicen sus mentores, la salvación y cura de todos nuestros males.

Parece ser que los sesudos estudiosos de la materia fiscal, han decidido -ante lo histriónico de su primera ocurrencia y sin despeinarse- que el impuesto se aplicará sobre el margen en intereses y comisiones, y se han ido a dormir tan tranquilos.

Bueno, en parte tienen razón, duermen tranquilos porque ellos ya han cumplido. Decretar una subida de impuestos sobre el margen por intereses y comisiones, teniendo potestad para hacerlo, probablemente lo podría razonar y decretar el albañil que me está arreglando el baño de casa y que tiene solamente estudios primarios y más sentido común que estos otros; otra cosa será la observación de su cumplimiento; pero eso ya compete a otro chiringuito de atractivo nombre:  la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia, con lo cual la patata caliente se la pasan al siguiente mientras que los anteriores ya han cobrado por decir lo que hubiera dicho gratis mi albañil.

Los que disfrutamos de cierta memoria -confieso que a mí ya me está empezando a fallar- hemos tenido la percepción de que estos de las Comisiones se distinguen, entre otras cosas, por ponerse de perfil, como los egipcios, ante hechos que atañen y conciernen a una tremenda mayoría de población a la que estarían obligados a vigilar, defender e informar de forma inteligible por ella. Sin ir más lejos, están todavía recientes ciertas actuaciones -mejor dicho, inacciones- ante la anormal y clamorosa venta de preferentes por parte de entidades financieras, que afectaron a cientos de miles de inocentes o ignorantes (llámenles como quieran), mientras los señores supervisores tomaban café en los aledaños de Cibeles felicitándose por lo bien explicados que están sus espesos folletos informativos que solamente los entienden ellos, yo y cuatro más.





Sobre Competencia, mejor no opinar. Está demostrado que con el corporativismo no hay quién pueda, máxime si este es el de la Banca.

Volviendo a tiempos pasados, la Gran Banca la componían LOS SIETE GRANDES BANCOS, que se reunían periódicamente, sin ocultación ni rubor, para fijar el rumbo que deberían de tomar sus decisiones corporativas. Pues bien, ahora lo mismo, pero sin comida, ostentación, fasto ni pompa; las entidades financieras van todas en la misma dirección y si el Banco Pepe sube los intereses, el Banco Juan, también; cuestión de mercado, sin reuniones ni tonterías.

O sea, que a la Banca le toca repreciar, cuestión que ya viene haciendo diariamente y desde siempre, amparada por las reglas del libre mercado y que ningún saltimbanqui va a modificar pese a que los trileros nos intenten hacer ver otra cosa.

Dicho todo esto, ni Villarejo, Sherlock Holmes y el Inspector Gadget juntos, serían capaces de demostrar que las entidades financieras estarán repercutiendo los costes del nuevo y flamante impuesto a sus clientes, por lo que me remito a lo que para mí ya viene siendo un mantra:  lo vamos a pagar los de siempre, sin duda alguna.





Entretanto, enhorabuena a los fenómenos del relato, legítimos herederos del trile, que una vez más lo han conseguido (o no, depende)

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