El SERGAS y yo.
Es innegable el avance de la medicina, incluso alcanzando límites insospechados hasta hace muy poco tiempo. De este modo, fruto de la investigación y su posterior implementación, podemos ver maravillas como el robot "Da Vinci", que te deja las partes bajas niqueladas sin que nadie se despeine.
También podemos pasearnos tan panchamente recién operados de coronarias sabiendo que, desde el hospital, a través de la monitorización, tienen conocimiento en tiempo real de cómo está funcionando nuestra "patata", mejor que nosotros mismos, saltándoles un aviso de si la cosa se pone chunga; entretanto, los oncólogos obran maravillas en sus intentos de domeñar los peores pronósticos de sus especialidades, consiguiendo lo que, antaño, podrían considerarse curaciones milagrosas.
Pues bien, hecha la pertinente salvedad, gratitud y reconocimiento a una buena -y muy importante- parte de nuestra cobertura sanitaria pública y por ende a su personal, me voy a pasar al lado oscuro del ente sanitario que nos atiende, o desatiende, según el caso.
Resulta que, contra los avances reflejados en mi introducción, en Atención Primaria y Urgencias de PACs, hemos retrocedido unos 100 años.
Al igual que tantas otras veces, hablo de lo que me ocurre a mí, no acostumbro a tocar de oído, y en el caso que me obliga a escribir estas líneas, ante una bronquitis de caballo -que no hace falta estudiar ocho años de medicina para saber que una bronquitis, por lo menos, es una bronquitis- el diagnóstico fue "catarro" y la prescripción "beber mucho líquido". Lógicamente a los bronquios les dio la risa y diez días más tarde, después de haberme bebido medio embalse de Cecebre, sigo teniendo los bronquios como medio kilo de uvas pasas.
Eso sí, me recetaron el consabido Paracetamol para el dolor y la fiebre, después de haber manifestado que no tengo dolor ni fiebre. Esto del Paracetamol me temo que, tanto facultativos como pacientes, se lo han tomado como un mantra ante cualquier tipo de dolencia menor y da igual que digas lo que digas, que te encalaman una caja del asunto.
A mediados del pasado siglo, recuerdo, tanto de niño, como adolescente, incluso de adulto; como ante un cuadro de este tipo te metían un efervescente, un mucolítico, un expectorante y, en su caso, algo más, y en cuatro o cinco días andabas dando chimpos por el mundo adelante con todo superado. Cierto es que a algún laboratorio se le iba la mano en la codeína que incorporaba a sus jarabes y durante el tratamiento andabas un poco como un cantante de Heavy Metal, medio fumao, pero eran daños colaterales asumibles y que remitían al suspender la medicación, salvo que te hicieras adicto al opiáceo y continuaras consumiendo codeína por tu cuenta "sine die"; que de todo hubo en tiempos pretéritos.
En fin, pediré nueva cita e intentaré que me receten un efervescente y, si acaso, un Vicks Vaporub, aunque me conste que ambos sirvan de placebos, pero al menos saldré con la sensación de que han hecho algo por mis exigidos bronquios antes de que me salgan por la boca y tenga que presentarme con ellos en la mano en el CHUAC para que me los vuelvan a poner en su sitio.
De fracasar en el intento, como última opción me plantearé recurrir al albeite para que me prepare una poción, como si de Asterix me tratase, a ver si así tengo más suerte.







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