Semana movidita
Me resulta, cuando menos, curioso el panorama sociológico actual en nuestro país. Para ofendiditos, podemos llamarle país al Antiguo Reino de Galicia o a la Galicia, Galiza, o Gallaecia, del período y denominación que le venga en gana a cada quien; o a España -sin que nadie se me ofenda por ello- refiriéndome estrictamente a las definiciones que aporta la RAE, y en su caso la RAG, al respecto sobre el término PAIS.
Y viene esto a cuento de que se está celebrando en Lugo en estos días la XXII edición del Arde Lucus, fiesta de recreación histórica de la, precisamente, coexistencia de celtas y romanos, con sus consabidas luces y sombras, hace veinte siglos, con una pompa y fasto que la han hecho ser recientemente nombrada Fiesta de interés Internacional, de lo cual me alegro como lucense de pro que soy.
De igual modo se prodigan celebraciones que nos recuerdan y honran nuestro origen, sin ir más lejos las hogueras de San Xoan, que están alcanzando dimensiones mediáticas y de participación popular otrora inimaginables; o mucho menos importante pero de índole similar, el Samaín, que está intentando poner las cosas en su sitio frente al importado, comercial y falto de sentido, Halloween, sucedáneo comercial de nuestra ancestral celebración.
Tampoco desmerecen todo tipo de fiestas populares que forman parte del ADN de esta tierra y que tienen amplia repercusión en cualquiera de sus ciudades, pueblos y aldeas.
Y dicho todo esto, confieso que me encuentro un tanto desubicado, entre manifestaciones de Orgullo y fiestas populares; entre fomentos a mezquitas y reconversiones de catedrales, entre ninguneos a la Navidad y felicitaciones al Ramadán, y un sindiós de histerias polarizadas que ya no saben ni lo que quieren, todo ello orientado a desmontar la identidad cultural de un pueblo en aras a la captación de un voto que les permita continuar desdeñando el acervo cultural atesorado a lo largo de los siglos en favor de no-se-qué modernidades disfrazadas de progresismo, pluralidad, multiculturalidad y otras sandeces semánticas que sirven de aliño a este pisto de difícil digestión, al menos para estómagos delicados cual es mi caso.
Cambiando radicalmente de tema, pero no de asombro, me gustaría conocer cómo un paisano, sin un pelo de tonto, pudo poner en jaque con solamente 25.000 efectivos a una de las principales potencias del mundo, hasta el punto de que el hijo de Putin del Putin, habría arrancado ya para San Petersburgo, o eso dicen, para escapar del calvo que lo iba a escabechar en su ostentoso palacio de Moscú, sin despeinarse, y ello nunca mejor dicho.
Por esa regla de tres, e idéntica proporcionalidad, con el Tercio Gran Capitán de la Legión, mañana invadimos Francia y tan panchos todos.
En todo caso, sin leer mucho más -porque muchas veces, tampoco hay que leer mucho más y simplemente basta con quedarse con la mayor-celebro todo este tipo de esperpentos que ponen al desnudo la miseria humana que acompaña a muchos de los poderosos. Lo más triste es que en sus frívolos devaneos se llevan por delante miles de muertos, desgraciando familias y pueblos por y para siempre. Para ellos deseo lo mismo, pero aumentado.
Y ya puestos a rajar, esta semana toca hablar del submarino que se fue al carajo por intentar ir a ver de cerca los restos del Titanic.
Yo ya los he visto varias veces en documentales y como yo, todo bicho viviente que tenga televisión y mire para ella. Desconozco qué tipo de subidón te puede entrar el ir a ver cuatro hierros oxidados en el fondo marino, a todo esto, metidos dentro de una lata de sardinas; entre otras cosas porque yo soy claustrofóbico y si me pagan los 250.000 dólares que ellos pagaron para meterse dentro, yo no me monto en el supositorio ese ni en seco para hacerme un selfie. De todos modos, mis respetos a los que han elegido finalizar su vida de este modo ya que cada quién, tiene potestad para hacer lo que le venga en gana con su cuerpo. Faltaría más.
Y hasta aquí, lo más reseñable de estos últimos días. En breves, como por desgracia viene siendo habitual, habrá nuevos motivos que me inviten a ponerme al teclado como acto de resignación y desahogo, eso mientras no me multen, ya que por lo que yo sé, no está permitido hablar mal del gobierno; así que tengo que andar midiendo mis palabras para eludir censores, como teníamos que hacer en la época de Franco, con perdón.
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