El aplauso.
Si bien en diferentes artículos ya cité los aplausos de los políticos, acólitos y seguidores varios, en sus actos públicos ante lo vacuo de sus manifestaciones, quiero escribir unas líneas exclusivamente dedicadas al aplauso, más que nada a modo de catarsis para no ponerme de mala leche a cada momento ante el televisor.
Como no soy historiador, desconozco cuál pudo haber sido el primer aplauso de la historia de la Humanidad. Tal vez un cavernícola intentando cazar un mosquito al vuelo que le impedía dormir. Al fallar a la primera, como viene siendo habitual cientos de miles de años después, el palmotazo se habría repetido varias veces hasta que su señora le apremiara para que parase de aplaudir y la dejase dormir, y ahí se inventó la palabra sin etimología previa.
No sé si a lo largo de la historia moderna, llamándole principio de la historia moderna al momento en que comenzamos a vestirnos y lavarnos -aunque algunos hay que todavía no se lavan mucho hoy en día- el aplauso pudo haber existido según en qué época.
Me refiero, en concreto, a los albores del primer milenio, en los que acontecimientos como el incendio de Roma pudieran haber provocado el aplauso de los seguidores del pirómano Nerón ante el espectáculo de un San Juan a lo bestia y la necesidad de complacer al loco de la colina, quién ante sus excentricidades, arengaba a sus súbditos con un Valete e plaudite, que venía a ser algo así como aplaude y márchate.
Muchos siglos después, por continuar con el tema ígnico, vinieron las hogueras, una de las principales aficiones de La Santa Inquisición, o algo más tarde, el limpio corte de cabezas de la Revolución Francesa, este último, gracias al invento de Monsieur Guillotin, que, al menos, era más sangriento, pero menos cruento que poner a la gente a asarse como un churrasco. Ahí, en principio, no veo motivos para el aplauso, muy probablemente porque el público estaría tan acojonado que no se atrevería a aplaudir, por si los verdugos pudieran llegar a pensar que aplaudían a los reos y ya la tenían liada.
Y, de este modo, reflejado de una forma muy burda y solamente por hacer una introducción y un apunte frívolo, llegamos a la época actual en la que sí quiero detenerme para diferenciar el aplauso sincero, sentido, de admiración, como el que se le otorgaba a Pinito del Oro después de hacer el triple salto mortal sin red en el trapecio, contra el aplauso rogado, fingido y forzado sobre el que versa este artículo.
En primer lugar, vamos a analizar qué es el aplauso. Según la RAE, el aplauso consiste en "dar palmas para manifestar aprobación o entusiasmo"
Como tantas otras muchas definiciones de la RAE, me parece muy acertada, especialmente en la diferencia que marca entre aprobación y entusiasmo que, obviamente, no son lo mismo. Uno puede aprobar que existan los juegos de azar y entusiasmarse si le toca la Primitiva.
Solamente hay que observar cómo aplauden los asistentes a un mitin de Putin o de Kin Jong-un, ambos con cara y actos de malos-malísimos, y compararlos con los aplausos que reciben Bruce Springsteen o Plácido Domingo al final de cada uno de sus conciertos, en los que el madrileño tiene el record Guinness, pudiendo ostentar hora y media ininterrumpida de aplausos al final de una ópera. Como aficionado que soy a temas musicales, los primeros parece que esten sujetos a un metrónomo que, en cada discurso, marca la cadencia e intensidad que deben de mantener los aplausos del obligado y uniformado público; en cuanto a los otros, sí que son espontáneos y fruto del entusiasmo que nos sugiere la RAE en sus acepciones.
Dicho todo lo anterior, me siento concernido -no como actor (Dios me aparte de asistir a un mitin), sino como sujeto pasivo- por la profusión y calidad de los aplausos que, como adicto de los informativos que soy, tengo que soportar cada vez que uno de nuestros próceres políticos, de mayor o menor enjundia, reciben de los apesebrados, engañados o curiosos (los menos), palmeros que les jalean y aplauden con indisimulada fruición.
Todo esto me trae dos cosas al recuerdo: la primera, cuando el Generalísimo se asomaba al balcón de la Plaza de Oriente ante el público allí congregado, por obra y gracia del Régimen, y a la primera palabra, que solía ser "Españoles...", el populacho rompía en vítores y aplausos. Parece que en el asunto plausístico, la Memoria Histórica no se ha borrado todavía, cambiándose únicamente el balcón de la Plaza de Oriente por los de Génova y Ferraz. El resto de partidos, ni balcón tienen, pero se las apañan para aplaudirse y que les aplaudan en otros lugares no tan emblemáticos.
En cuanto a la segunda cosa que me sugiere, he de referirme a "la clá", ese grupo de espectadores que, a cambio de aplaudir cuando se les ordenaba, entraban de gorra al teatro para ver la función y calentarse las palmas de las manos como único tributo a su aportación, cosa de agradecer si era invierno y el teatro carecía de calefacción. De este modo, el resto de público, o sea, el de pago, no tenía que molestarse en saber cuando aplaudir, simplemente lo hacía por el efecto de simpatía con la clá. Más o menos lo que ocurrió la pasada semana con Rubiales, el presidente de la Federación Española de Fútbol, que en una lamentable rueda de prensa la mayoría de los convocados aplaudió a rabiar, manifestando varios implicados, al día siguiente en un "sálvese quién pueda", que habían aplaudido sin saber porqué o porque el resto había aplaudido.
Pues bien, cuando enciendan su televisor, ordenador, smartphone, o lo que les plazca para ver un informativo, verán indefectiblemente al o a los políticos de turno riéndose y aplaudiéndose, como si hubiera algo de lo que reirse y aplaudir, con inusitado fervor, entre ellos mismos -patético- y con la entregada colaboración de los allí citados, llámeseles correligionarios, clá o lo que se quiera.
Eso sí, no busquen entre los palmeros de los políticos a palmeros acompañantes de cante flamenco, que esos tocan las palmas acompasadamente por bulerías, sevillanas o tanguillos de Cádiz; y ni mucho menos a científicos, investigadores, autónomos o trabajadores, que esos están a lo que hay que estar, en este caso, sin risas ni aplausos.
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