El pelo

 


El asunto del pelo ha tenido siempre especial protagonismo en el devenir del ser humano a lo largo de los tiempos. 

Existen numerosos chistes gráficos, sin base ni fundamento alguno, y de mal gusto para las feministas, en los que los cavernícolas arrastraban por el cabello a sus parientas, garrote al hombro, haciendo de la cabellera una herramienta auxiliar de transporte.




Más tarde, en épocas barrocas, ellas y ellos, se tocaban con espectaculares pelucas casi unisex, que se prodigaban entre la nobleza que poblaba las cortes europeas. El único problema fue que la profusión de esa distinción estética, entre otras muchas causas, condujo a sus portadores a desprenderse de ellas de forma inseparable junto a su cabeza - cuestión poco agradable, supongo - bajo el peso de la guillotina en los cadalsos montados para la ocasión y ante el aplauso del entregado y fervoroso público.




Puestos a llevarse de recuerdo los pelos, con un poco más de "cacho", fueron punteros los indios americanos, famosos por coleccionar las cabelleras de los blancos que iban a tocarles los huevos a sus reservas sin que nadie les hubiera llamado para ello; para lo cual, aparte del cabello, le metían un buen tajo al cuero cabelludo del invasor, supongo que para poder colgarlo mejor en las paredes de sus tipis, si se le puede llamar pared al interior de las tiendas de los "sioux", ya que pelo a pelo, como todavía no se había inventado el pegamento sería un despropósito intentar fijarlos.




Ya metidos en tiempos más actuales, la cuestión capilar continuó con su particular protagonismo para etiquetar, como ahora se dice, a las diferentes tribus, culturas, o llamémosle como queramos, que pueblan el planeta. De este modo hemos asistido a la estética peculiar de punks y otras corrientes culturales y contraculturales, con el pelo como un elemento icónico.





Todo ello por no hablar, en contrario sensu, de la ausencia del mismo y que ha hecho fácilmente reconocibles a importantes actores de la talla de los antiguos Yul Brinner, Telly Savalas (Kojak) u otros más recientes como Bruce Willis, todos ellos con una superficie craneal en la que patinaría cualquier mosca que se intentara posar sobre ella.




Y viene toda esta perorata a colación de que, hace unos días, la ministra de más alto rango de nuestro país, citó a un importante miembro de la oposición, describiéndole como "el de las gafas que tiene menos pelo", más o menos.





Esto viene a refrendar que el asunto del pelo no es tema menor, hasta el punto de utilizarse como arma arrojadiza para deturpar la imagen del rival político que se trate en el momento, a falta de argumentos de mayor enjundia.

Esta desafortunada manifestación me ha llevado a preguntarme si la señora ministra, autora de la calificación, sale despeluchada de casa o ya se va despeinando al tiempo que va hablando con la intensidad y vehemencia que la caracteriza, que parece que le estén picando velutinas mientras habla; porque, a lo mejor, debería de hacer un poco de autocrítica.

También me gustaría saber si el principal ministro (varón) del Gobierno tiene un peluquero a su disposición para que lo despeine todos los días antes de comparecer ante los periodistas, porque salir peinado no es "progre" ni vende imagen, y hay que mostrarse con los pelos como si te hubieras peleado con un gato en el ascensor.




Y en temas capilares, quién me consta que lo tiene muy claro es el prófugo Pokemón, que sale de la ducha y gasta menos en peines que Tarzán en trajes, y ya va así todo el día con la fregona encima de la cabeza con una imagen que sugiere a un cruce de Fofito con un perro pulgoso.





Por citar a políticos internacionales, no le arriendo las ganancias a los peluqueros de Putin y Trump. Al primero, por colocarle los cuatro pelitos que le quedan, a gusto del dictador y al segundo por tener que montarle diariamente la carroza carnavalera que lleva en la cabeza para disimular que tiene menos pelo que el Papa de Roma, con un dispendio de laca que es lo que realmente está cargándose la capa de ozono.





En rigor, a mí me da lo mismo que se tiren los platos entre los políticos con citas a sus aspectos físicos, que cosas peores y de más trascendencia dicen y hacen. Y como cantaba Serrat, en su famoso tema, cuando se acaba la fiesta, la pobre vuelve al portal, la rica vuelve al rosal y el avaro a sus divisas; y ya sin peluqueros y cada uno con sus glorias y miserias de los pelos que le queden, volverá a sus antiguas ocupaciones.
 
Por mi parte, como soy más antiguo que los relojes de pared, mientras tenga algo de pelo, seguiré poniéndome una raya a la derecha, sin connotaciones políticas, y a partir de ahí saldré peor o mejor peinado de casa, ya que "aunque la mona se vista de seda, si mona es, mona se queda", se peine o despeine según le ordenen y manden.



Comentarios

  1. José María te sugiero confeccionar una publicación que recoja si no todos, si la mayoría de estos comentarios tuyos, merece la pena recopilarlos, además tú sabes como hacerlo.
    Gracias por los buenos momentos

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