El Señor de los Trenillos

 

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Por el título, obviamente, se puede ver venir el objeto de esta crónica. 

Si bien todavía nos estamos partiendo el culo de risa con el hilarante episodio de los trenes que no cabían por los túneles, nos encontramos con otro gran acierto de gestión del mismo ministerio.

Resulta que en España, de momento como país unificado, parece que se está modernizando el asunto ese de los trenes de alta velocidad, altas prestaciones y todo lo que le quieran añadir. 




Discúlpenme el comentario extremeños, gallegos y otras gentes de mal vivir, que se están enterando de estas mejoras por la prensa, radio y televisiones afines al Régimen y no precisamente porque les solucionen a ellos sus problemas ancestrales de transporte sobre raíles, en claro detrimento sobre los que presumen de sus beneficiadas comunicaciones.

Desconozco si, con la nueva endiablada entelequia de la bondad de la "financiación autonómica asimétrica", a medida de los chantajistas, todo ello se va a mejorar, aunque me temo lo peor; es más, me dejo cortar un brazo si los gallegos y otras regiones de segunda división, mejoraremos lo más mínimo con ella.

Solo hay que ver que todavía a día de hoy, un tren tarda más en llegar de Lugo a Coruña, que de León a Madrid, siendo la primera distancia inferior a 100 km. y la otra supera a esta y la multiplica por cuatro; así que, queda claro que esto está reservado para ciudadanos VIP y Comunidades de Primera, cuando por algunos pagos todavía no hemos alcanzado semejante rango, ni lo llegaremos a alcanzar nunca salvo que se repita la histórica "Revuelta Irmandiña", que no creo que exista mucha probabilidad de que esto ocurra, ni que tampoco pudiera tener el menor viso de éxito si llegara a producirse.



En todo caso, no deberíamos de considerar como algo criticable que el 80% de las comunicaciones ferroviarias sufran deficiencias o retrasos. Se supone que deberíamos de normalizarlo.
 
Como casi todos sabemos hacer cálculos, algunos sin haber estudiado mucho, llegamos a la conclusión de que el 20% restante funciona bien, y como decía el otro, "un 20% es un buen tipo de interés". No nos podemos quejar.

Pues eso, no se consuela quien no quiere; aunque, desde luego, si en la empresa en la que he trabajado hubiera obtenido un 20% de resultados sobre el objetivo esperado, no estaría escribiendo estas líneas con la alegría que lo hago ahora, ya que estaría despedido de forma fulminante e inmediata.

La grandeza de la política es que, una vez nombrado ministro el individuo en cuestión, ya está legitimado para hacer y deshacer lo que le plazca: nombrar secretarios, subsecretarios, directores generales, subdirectores generales, colaboradores, asesores y demás fauna, con el dinero de los demás y dedicarse a lo que le venga en gana o mejor sepa y desee hacer.




Únicamente tiene que hacer acto de presencia en el Consejo de Ministros, en el que actualmente hay tanto overbooking, que casi parece la Feira de Monterroso, y que, con algo de suerte, no tiene tiempo para intervenir, con lo cual, "vengan días y caigan chuscos".





Luego viene lo de sentarse en la bancada azul del Congreso, que viene a ser como el palco VIP de los estadios de fútbol, aunque, a diferencia de estos, allí no les ponen langostinos, jamón, gin-tonics ni cervecitas (todo se andará), si bien lo suplen con precios hiper reducidos en la cafetería del propio Congreso, que viene a ser otra forma de diferenciarlos de los exigidos ciudadanos que los votamos, por aquello de darles algo de importancia a aquellas señorías que, intelectualmente, no llegan a la media nacional y premiar su entrega como palmeros a sus respectivos intervinientes.




Por ejemplo, al actual responsable del desaguisado de los transportes, aparentemente le da igual lo que ocurra con los trenes; ya se encargará su gabinete y resto de miembros del equipo de gobierno que lo arropan, de echarle la culpa a ADIF, a RENFE, al Jefe de Estación, o, incluso, en un ejercicio de fantasía exagerado a los que nos tienen acostumbrados, a los propios usuarios, por pretender ser puntuales en sus desplazamientos. Algún "cocinero de datos" de Moncloa argüirá algo parecido a que los retrasos de los trenes en Bélgica son del 83,9% sobre el 80,1% español, con lo cual ya quedamos todos contentos al saber que estamos un 3,8% mejor que los belgas. 

A mí todo esto me parece bien (o no), pero lo que más me admira es que no se pongan colorados al informar de todo esto.

Cualquier relato vale, incluso echarle la culpa a la oposición por haber hecho no-se-qué, no-se-cuando. Probablemente, del actual desaguisado haya tenido la culpa Stephenson, el inventor de la máquina a vapor hace un montón de años, por haberla inventado. Qué más da, el caso es escurrir el bulto y distraer al pueblo, como relataba el clarividente Chomsky en sus "maniobras de distracción".


 
De todos modos, para los que no sufrimos estas inconveniencias, bien porque viajamos poco o porque siempre lo hacemos en nuestros humildes automóviles, el ver las estaciones de FFCC repletas de viajeros cabreados, las entrevistas a los afectados por retrasos continuados a citas, trabajos, entrevistas y todo lo que le quieran añadir, se nos puede hacer incluso divertido pensar en la ineptitud de los responsables de todo este despropósito y reírnos con sus infumables disculpas.



Yo no soy nadie para sugerirle al señor ministro lo que debería de hacer, en todo caso, como ciudadano que paga sus impuestos religiosamente, me considero en el derecho de exigirle que se deje de hacer la mona como un adolescente, con el twitter (ahora X), pontificando sobre todo tipo de asuntos ajenos a su competencia, e incompetencia, y se ponga al tajo de lo que tiene que hacer, y que lo haga; dirigiendo -si es quién de hacerlo- a su pléyade de colaboradores, ya que es por ello por lo que le pagamos su, nada desdeñable, salario, y corrrija esta insostenible situación.

También me reconfortaría que lo cesaran o que se fuera, motu proprio, a su casa, ambas cosas altamente improbables, por no decir, imposibles.

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